Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Vicente Morales Pérez
Hay países que se explican desde sus indicadores. México no. México se comprende desde lo que siente. Desde lo que canta. Desde lo que recuerda. Su verdadera fuerza no está solo en sus instituciones, sino en su capacidad de construir identidad a través de la palabra, de la música y de la memoria. Y en ese territorio íntimo, profundamente humano, emergen tres figuras que no solo dejaron obra, sino raíz: Jaime Sabines, José Alfredo Jiménez y Miguel León-Portilla.
Los tres nacieron en 1926. Tres caminos distintos, pero un mismo destino: ayudar a México a entenderse a sí mismo.
Jaime Sabines no escribió para las élites ni para los círculos cerrados de la literatura. Escribió para la vida. Para el amor que duele, para la muerte que marca, para la cotidianidad que a veces pesa y otras veces salva. Su poesía no es un adorno; es una confesión. Leer a Sabines es encontrarse con uno mismo sin filtros. Por eso conecta, por eso permanece. Porque su palabra no se impone, se comparte. No divide, acerca.
Y en esa cercanía hay una lección poderosa para nuestro tiempo: cuando la palabra es honesta, se vuelve puente. En un país que ha decidido poner al pueblo en el centro, la voz clara, directa y humana de Sabines dialoga con una aspiración colectiva: que nadie se quede fuera, que nadie se sienta ajeno. La cultura como inclusión, no como privilegio.
José Alfredo Jiménez, desde otra trinchera, logró algo igualmente profundo: convertir el sentimiento popular en identidad nacional. Sin estudios formales de música, sin partituras, sin academia, escribió canciones que hoy son parte del ADN mexicano. No hay celebración, duelo o encuentro donde su voz no aparezca, aunque él ya no esté.
En sus letras hay una filosofía sencilla, pero poderosa: la dignidad del que resiste, del que ama, del que pierde, pero sigue de pie. “Sigo siendo el rey”, no es solo una frase; es una declaración de identidad. Es el México que, a pesar de las adversidades, no se rinde. Es el México que no necesita permiso para sentirse valioso. Y ese mensaje conecta profundamente con el momento que vive el país. Porque hoy, más que nunca, se busca reconocer la grandeza que existe en cada persona, en cada comunidad, en cada historia. José Alfredo no escribió discursos políticos, pero logró algo igual o más importante: unir emocionalmente a una nación.
Miguel León-Portilla, en cambio, tomó la ruta del conocimiento, pero con una sensibilidad igualmente humana. Su obra no solo rescató el pasado; lo dignificó. Al estudiar y difundir la visión de los pueblos originarios, especialmente del mundo náhuatl, nos enseñó que México no comienza con la historia oficial, sino mucho antes. Que hay voces que fueron silenciadas, pero no desaparecidas.
Gracias a León-Portilla, México pudo reconocerse en su profundidad. Entender que su identidad no es homogénea, sino plural. Que su riqueza está en su diversidad. Y que no hay transformación verdadera sin memoria.
En ese sentido, su legado es profundamente vigente. Hoy que el país busca consolidar un proyecto de nación más incluyente, más justo, más consciente de sus raíces, el trabajo de León-Portilla se vuelve guía. Porque recordar no es mirar atrás con nostalgia, sino con responsabilidad.
Sabines, José Alfredo y León-Portilla no coincidieron en escenario, pero sí en esencia. Los tres colocaron al ser humano en el centro. Los tres construyeron desde la autenticidad. Los tres hicieron de su obra un acto de amor por México.
Y hoy, en un momento donde se habla de transformación, de cambio de paradigma, de un país que busca redefinirse desde la justicia social y la dignidad, resulta inevitable volver a ellos. Porque la transformación no solo pasa por las leyes o las políticas públicas; también pasa por el alma de la nación.
La llamada Cuarta Transformación ha planteado la necesidad de un México más cercano a su gente, más consciente de su historia, más orgulloso de su identidad. Y en ese horizonte, la cultura no es un elemento decorativo: es una columna vertebral.
¿Qué sería de México sin su poesía?
¿Qué sería de México sin sus canciones?
¿Qué sería de México sin su memoria?
Sería un país incompleto.
Desde Tlaxcala, tierra que ha sabido resistir, construir y aportar a la historia nacional, reconocer a estos tres gigantes no es un gesto simbólico: es una declaración de principios. Es afirmar que creemos en un México que se reconoce a sí mismo, que honra lo que es y que, desde ahí, construye lo que quiere ser.
Porque un país que siente profundamente, difícilmente se rompe.
Un país que canta su verdad, difícilmente se somete.
Un país que recuerda su historia, difícilmente se pierde.
México no es solo un territorio. Es una emoción compartida.
Y en esa emoción, Sabines nos enseñó a nombrar el alma.
José Alfredo nos enseñó a cantarla.
León-Portilla nos enseñó a entenderla.
Hoy, más que nunca, México necesita de esas tres fuerzas: sensibilidad, identidad y memoria.
Porque solo así, con raíces firmes y corazón abierto, se puede construir un futuro que no traicione lo que somos.
México se escribe.
México se canta.
México se recuerda.
Y en ese acto profundo, se transforma.