La transformación también se siembre


Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Vicente Morales Pérez

Sembrar un árbol es mucho más que abrir la tierra, colocar una raíz y cubrirla nuevamente. Es un acto de esperanza. Quien planta un árbol está pensando en el futuro, porque probablemente serán otras generaciones quienes disfruten plenamente de su sombra.

Este domingo 9 de agosto tuve la oportunidad de sumarme, junto con amigas y amigos de Santa María Ixcotla, Hueyotlipan, a la Jornada Nacional de Reforestación 2026, convocada por nuestra presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y a la que Tlaxcala se sumó con el liderazgo de nuestra gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros.
En la Ex Hacienda “La Blanca” plantamos árboles, pero también renovamos un compromiso: trabajar para que nuestras hijas, nuestros hijos y quienes vengan después de nosotros reciban un Tlaxcala con mejores condiciones ambientales.

La Jornada Nacional planteó una meta de 6.6 millones de árboles y plantas en todo México. En Tlaxcala se contempló la plantación de más de 80 mil árboles, como parte de una estrategia de restauración ambiental. Más allá de las cifras, lo verdaderamente importante es comprender lo que representa cada árbol.
Reforestar significa proteger nuestros suelos, favorecer la captación de agua, recuperar ecosistemas, conservar la biodiversidad y contribuir frente a los efectos del cambio climático. Por eso, cuando sembramos un árbol también estamos sembrando agua, vida y futuro.

Para Tlaxcala esta reflexión resulta especialmente importante. Somos un estado profundamente ligado a la tierra. Nuestros bosques, montañas, campos y comunidades forman parte de nuestra identidad. Miles de familias mantienen una relación cotidiana con el campo y saben que cuidar la naturaleza no es una moda: es una necesidad.

La protección ambiental, por tanto, debe ocupar un lugar cada vez más importante dentro de la agenda pública. No podemos hablar de desarrollo si al mismo tiempo perdemos bosques, deterioramos nuestros suelos o ponemos en riesgo el agua que necesitarán las próximas generaciones.
La visión impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum nos invita precisamente a comprender que desarrollo y sustentabilidad deben avanzar juntos. La transformación de México también debe expresarse en una nueva relación con nuestros recursos naturales: producir sin destruir, crecer responsablemente y reconocer que nuestras decisiones actuales tendrán consecuencias durante décadas.

Pero hay algo que debemos tener muy claro: la reforestación no termina cuando plantamos un árbol. Ahí comienza.

Los árboles necesitan seguimiento, agua, protección y cuidado. Dentro de algunos años, el verdadero resultado de esta jornada no deberá medirse solamente por el número de árboles plantados, sino por aquellos que logramos conservar.

Esta convicción tampoco es nueva para nosotros. Desde 2024 impulsamos el Reto 5000, promoviendo la plantación y adopción responsable de árboles. Desde el Congreso hemos acompañado también acciones para defender nuestro patrimonio natural y llamar la atención sobre amenazas que enfrentan nuestras zonas forestales.

Por eso la Jornada Nacional representa una oportunidad para renovar y ampliar ese compromiso.

Hay además una profunda enseñanza en plantar un árbol. Vivimos en una época acostumbrada a exigir resultados inmediatos. Sin embargo, existen acciones cuyos beneficios requieren años para hacerse visibles.

Un árbol nos obliga a pensar de otra manera.
Quien lo planta sabe que quizá serán otros quienes disfruten su sombra. En esa sencilla decisión existe una poderosa idea sobre el servicio público: trabajar hoy por personas que probablemente nunca conoceremos.

La Cuarta Transformación ha colocado en el centro de la vida pública la justicia social, los derechos, la soberanía y el bienestar del pueblo. A esos principios debemos sumar con creciente fuerza la responsabilidad con las próximas generaciones. Transformar México también significa entregarles un país ambientalmente habitable.

Necesitamos sembrar árboles, pero también conciencia. Recuperar bosques, pero también comunidad. Proteger el agua, pero también enseñar a nuestras niñas y niños que los recursos naturales no son infinitos.
Eso pensé mientras plantábamos árboles en Santa María Ixcotla.

Cada uno de esos pequeños árboles representa una posibilidad. Algún día podrá ofrecer sombra, proteger el suelo, albergar vida y formar parte del paisaje de nuestra tierra. Para conseguirlo tendremos que cuidarlo.
Lo mismo ocurre con nuestro país.

México no se transforma únicamente mediante grandes obras o discursos. También se transforma cuando una comunidad se organiza, cuando una familia participa y cuando miles de personas deciden poner las manos en la tierra para construir un futuro mejor.

El domingo sembramos árboles. Ahora corresponde cuidarlos.

Porque sembrar es creer en el mañana. Sembrar es pensar en nuestros hijos y en los hijos de nuestros hijos.

México se siembra. Y Tlaxcala también.