Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Vicente Morales Pérez
Hay palabras que, por repetirse demasiado, corren el riesgo de perder su verdadero significado. Una de ellas es transformación. En México llevamos varios años hablando de la Cuarta Transformación, de transformar la vida pública y de construir una nueva relación entre gobierno y ciudadanía. Por eso vale la pena detenernos y preguntarnos: ¿qué significa realmente transformar?
Transformar no es simplemente cambiar. Podemos sustituir funcionarios, modificar leyes, inaugurar obras o reorganizar instituciones y, aun así, conservar las mismas prácticas de siempre. Una verdadera transformación ocurre cuando modificamos aquello que durante años parecía inevitable: las prioridades del gobierno, la manera de ejercer el poder y las condiciones de vida de las personas.
México ha vivido grandes momentos de transformación. La Independencia permitió construir una nación soberana; la Reforma modificó profundamente nuestras instituciones y contribuyó a consolidar el Estado laico y republicano; la Revolución Mexicana enfrentó enormes desigualdades y abrió camino al reconocimiento de importantes derechos sociales.
Por eso hablar de una Cuarta Transformación implica una enorme responsabilidad. No puede reducirse a una frase, una campaña o una identidad partidista. Transformar significa preguntarnos permanentemente qué estamos cambiando, para quién lo hacemos y si ese cambio verdaderamente está llegando a las familias.
Porque la política encuentra su medida más importante en la vida cotidiana.
La transformación tiene que sentirse en el ingreso de un adulto mayor, en las oportunidades de un joven, en la tranquilidad de una madre, en los derechos y oportunidades de las mujeres, en las condiciones de quien trabaja el campo, en el pequeño empresario que genera empleos y en las comunidades que durante años esperaron infraestructura y servicios.
Detrás de cada estadística existe una persona. Detrás de cada presupuesto existe una necesidad. Y detrás de cada decisión pública debe existir una razón fundamental: mejorar la vida de la gente.
Transformar también significa modificar prioridades. El principio de “por el bien de todos, primero los pobres” representa una manera diferente de entender el desarrollo. No significa excluir a otros sectores de la sociedad, sino reconocer que una nación no puede considerarse próspera mientras millones permanezcan rezagados.
Cuando una familia mejora sus condiciones de vida, cuando un joven continúa estudiando, cuando un adulto mayor tiene mayor seguridad económica, cuando un campesino encuentra mejores oportunidades o cuando una comunidad recibe infraestructura, estamos fortaleciendo a toda la sociedad.
Pero una transformación tampoco puede vivir de lo que ya consiguió. Sería un error pensar que la tarea está terminada. Mientras existan desigualdad, pobreza, corrupción, inseguridad, discriminación o comunidades sin oportunidades, habrá mucho por hacer.
Transformar significa también ejercer el poder de manera diferente.
Durante demasiado tiempo se construyó una cultura política en la que ocupar un cargo público podía significar privilegios, distancia y superioridad. Esa idea debe quedar definitivamente atrás. El poder público solamente encuentra legitimidad cuando se convierte en servicio.
Una elección no entrega un cheque en blanco. Entrega una responsabilidad.
Quienes tenemos una responsabilidad pública debemos escuchar, recorrer las comunidades, explicar nuestras decisiones y mantener cercanía permanente con la ciudadanía. La democracia no puede limitarse a solicitar el voto cada determinado número de años. La democracia debe practicarse todos los días.
Transformar exige una nueva ética del servicio público.
Y ninguna transformación puede consolidarse sin ciudadanía. Los grandes cambios históricos permanecen cuando dejan de pertenecer solamente a los gobiernos y comienzan a formar parte de la conciencia social.
Necesitamos ciudadanos informados, críticos, participativos y organizados. Jóvenes que pregunten. Mujeres que participen.
Comunidades que se organicen. Trabajadores que conozcan sus derechos. Ciudadanos que exijan resultados, incluso a quienes comparten sus propias convicciones.
En Tlaxcala tenemos una extraordinaria tradición comunitaria. Sabemos lo que significa organizarnos, trabajar juntos y conservar una profunda identidad con nuestras comunidades. Pero también enfrentamos importantes desafíos: fortalecer el campo, generar oportunidades para los jóvenes, impulsar nuestra economía, mejorar los servicios públicos y construir condiciones para que cada persona pueda desarrollar su proyecto de vida.
Por eso la transformación nacional tiene que llegar a lo local.
Cada calle atendida, cada escuela fortalecida, cada productor respaldado, cada gestión resuelta y cada comunidad escuchada puede parecer una acción pequeña frente a las grandes decisiones nacionales. Sin embargo, así se construyen también las grandes transformaciones: comunidad por comunidad, familia por familia, persona por persona.
Transformar significa además pensar en quienes todavía no han llegado. Las decisiones que tomemos hoy sobre educación, agua, medio ambiente, infraestructura, economía y desarrollo determinarán el México que recibirán nuestros hijos.
Cada generación recibe una nación construida por quienes estuvieron antes y adquiere una responsabilidad: entregarla mejor a quienes vienen después.
Por eso transformar no es únicamente cambiar gobiernos o instituciones. Es cambiar prioridades, conductas y formas de entender nuestra responsabilidad frente a los demás.
¿Qué significa transformar?
Significa no aceptar que la desigualdad sea destino. Significa entender que el poder es servicio. Significa colocar la dignidad de las personas en el centro de las decisiones públicas. Significa escuchar antes de decidir, trabajar antes de presumir y corregir cuando sea necesario.
Pero, sobre todo, transformar significa comprender que la historia nunca está terminada.
Nuestra responsabilidad no es administrar resignadamente el presente.
Es atrevernos a construir el futuro.