Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Dip. Vicente Morales Pérez
Hay ausencias que nunca terminan de marcharse y recuerdos que encuentran la manera de permanecer entre nosotros. La memoria tiene esa extraordinaria capacidad de vencer simbólicamente al tiempo, de devolvernos las voces de quienes amamos y de recordarnos que nuestra existencia forma parte de una historia mucho más grande que nosotros mismos. Quizá por ello, pocas tradiciones expresan con tanta profundidad el alma de México como el Día de Muertos, una celebración en la que el amor se convierte en recuerdo, la ausencia en encuentro y la memoria en una forma de permanencia.
Durante los días recientes, los hogares mexicanos volvieron a iluminarse con veladoras, flores de cempasúchil, fotografías y ofrendas preparadas con profundo cariño. Las familias recordaron a quienes partieron, compartieron historias y renovaron esos vínculos afectivos que sobreviven al paso de los años. Cada altar representó mucho más que una expresión ceremonial: fue un testimonio de gratitud hacia quienes nos dieron la vida, compartieron sus enseñanzas y contribuyeron a construir el presente que hoy habitamos.
El Día de Muertos constituye una de las expresiones culturales más profundas de nuestra identidad nacional. Sus raíces se encuentran en el encuentro histórico entre las concepciones indígenas sobre la vida y la muerte y las tradiciones religiosas desarrolladas durante el periodo virreinal. De esa convergencia surgió una extraordinaria diversidad de manifestaciones comunitarias que, con el transcurso de los siglos, adquirieron características propias en las distintas regiones del país. Su importancia cultural recibió reconocimiento internacional cuando la UNESCO incorporó las fiestas indígenas dedicadas a los muertos en México a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
En Tlaxcala, esta celebración conserva un significado particularmente entrañable.
Nuestros pueblos y comunidades mantienen una relación profunda con sus raíces, con la memoria de sus antepasados y con las costumbres transmitidas de generación en generación. Las ofrendas, las visitas a los cementerios y las reuniones familiares representan espacios donde la historia vuelve a contarse, donde los abuelos comparten sus recuerdos y donde los niños descubren que pertenecen a una comunidad cuya existencia comenzó mucho antes de su nacimiento.
Hay una enseñanza extraordinaria en estas expresiones: ningún pueblo puede comprender plenamente su presente si desconoce su pasado. Nuestra identidad no solamente se encuentra en los acontecimientos que registran los libros de historia, sino también en las experiencias de millones de mujeres y hombres que, desde el trabajo cotidiano, contribuyeron a levantar nuestras comunidades. En cada familia existen historias de esfuerzo, sacrificio, solidaridad y esperanza que merecen ser recordadas.
Por ello, honrar a nuestros muertos también significa reconocer la dignidad de sus vidas. Detrás de cada fotografía colocada en una ofrenda existieron sueños, dificultades, alegrías y aspiraciones. Hubo madres y padres que dedicaron sus esfuerzos al bienestar de sus hijos, campesinos que trabajaron nuestra tierra, maestros que compartieron conocimientos y generaciones enteras que hicieron posible el desarrollo de nuestros pueblos. Recordarlos es reconocer que el presente también es resultado del trabajo y de las enseñanzas de quienes nos antecedieron.
Desde esta perspectiva, la preservación de nuestras tradiciones representa una responsabilidad colectiva. La cultura no debe comprenderse solamente como un conjunto de expresiones artísticas o ceremoniales, sino como una dimensión fundamental de la dignidad humana y de la vida comunitaria. Proteger nuestro patrimonio cultural, fortalecer los espacios de encuentro y promover el conocimiento de nuestra historia son tareas que requieren la participación de las familias, las comunidades y las instituciones públicas.
El humanismo mexicano encuentra en esta reflexión un punto de encuentro con una concepción integral del bienestar. Una sociedad no solamente progresa cuando mejora sus condiciones económicas o amplía su infraestructura; también lo hace cuando protege su identidad, fortalece sus vínculos de solidaridad y garantiza que las nuevas generaciones puedan conocer y valorar sus raíces. El desarrollo humano debe reconocer tanto las necesidades materiales como las dimensiones culturales y afectivas que dan sentido a nuestra existencia.
En tiempos de profundas transformaciones tecnológicas y sociales, conservar nuestras tradiciones no significa permanecer anclados en el pasado. Significa reconocer que la modernidad puede enriquecerse con la sabiduría de nuestras comunidades y que el futuro adquiere mayor sentido cuando conocemos el camino recorrido por quienes nos precedieron. Las raíces no representan un obstáculo para avanzar; constituyen el fundamento desde el cual podemos construir un porvenir con identidad y pertenencia.
Ahora que las celebraciones han concluido, las flores comenzarán a marchitarse, las veladoras se apagarán y los altares serán retirados de nuestros hogares. Sin embargo, el significado de esta tradición debe permanecer mucho más allá de noviembre. Debe expresarse en el respeto hacia nuestros adultos mayores, en la atención que brindamos a nuestras familias, en la transmisión de nuestras costumbres y en la voluntad de preservar aquello que nos distingue como pueblo.
El Día de Muertos también nos invita a preguntarnos qué legado deseamos dejar a las generaciones que vendrán. Porque la trascendencia de una vida no se encuentra exclusivamente en sus grandes realizaciones, sino también en la generosidad de sus acciones, en la palabra cumplida, en los valores compartidos y en el amor que permanece en quienes continúan nuestro camino.
México ha encontrado en esta celebración una manera profundamente humana de recordar que la existencia no se comprende únicamente desde su duración, sino también desde su significado. Nuestros antepasados permanecen simbólicamente en las enseñanzas que heredamos, en las tradiciones que practicamos y en las historias que seguimos contando.
Porque un pueblo que conserva su memoria mantiene vivas sus raíces; un pueblo que honra su historia fortalece su identidad; y una sociedad que sabe de dónde viene encuentra mayores razones para construir, con dignidad y esperanza, el futuro de las generaciones que están por llegar.